La patata contiene un tipo especial de fibra llamada almidón resistente. A diferencia del almidón normal, este no se digiere en el intestino delgado sino que llega intacto al colon, donde actúa como prebiótico: alimenta las bacterias beneficiosas de nuestra microbiota intestinal.
Un estudio publicado en el Journal of Nutrition (2015) demostró que el consumo de almidón resistente de la patata aumenta significativamente la producción de ácidos grasos de cadena corta (butirato), asociados con una menor inflamación intestinal y un menor riesgo de cáncer de colon.
Investigadores de la Universidad de Murcia (2021) confirmaron que el almidón resistente de la patata cocida y enfriada (como en la ensaladilla) tiene un efecto prebiótico comparable al de la avena o la cebada.
El truco está en la preparación: cuando cueces la patata y la enfrías (24h en nevera), el almidón se recristaliza en una forma más resistente a la digestión. Puedes recalentarla sin perder este efecto. Por eso la ensaladilla rusa o las patatas cocidas de un día para otro son especialmente beneficiosas.